Beata Agustina Rivas- Martir De La Fe

Mujer Sencilla , Servidora y Santa

EXTRACTO DE LA   HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN DE LA BEATIFICACIÓN DE LA MÁRTIR MARÍA AGUSTINA DE JESÚS RIVAS LÓPEZ, AGUCHITA, EN LA FLORIDA, PERÚ, A CARGO DEL CARDENAL BALTAZAR ENRIQUE PORRAS CARDOZO. La Florida, 7 de mayo de 2022.

Antes de hacer referencia al Evangelio del Buen Pastor, preguntémonos qué lección y qué tarea nos deja y exige la Hermana Agustina. Me limitaré a señalar algunos rasgos importantes de su legado, pues necesitamos continuar la labor evangelizadora que ella emprendió. Los santos están puestos, para admirarlos, por las obras que Dios ha hecho en ellos, pero más aún, para imitarlos y seguir sus huellas. Es el crecimiento permanente del grano que muere para que dé fruto abundante.

En primer lugar, su origen. Hija de esta tierra ayacuchana, fue siempre su querencia primera, referencia e interés permanente en su quehacer, porque de Coracora, como de Nazaret ha salido algo bueno. Por eso, cargada de años, virtudes y añoranzas, aceptó gozosa la obediencia de ser misionera en el Vicariato de San Ramón, a pesar de sus achaques. No lo rehuyó, sino que lo asumió con alegría y entusiasmo.

En segundo lugar, la familia fue el vientre nutricio de su vida y de su vocación cristiana. El ejemplo de sus padres, Dámaso y Modesta, fue yunque, primera escuela donde se fraguaron sus virtudes humanas y cristianas. La primera iglesia es el hogar; no desperdiciemos el papel que tienen en la configuración de la personalidad integral de sus miembros. Su alegría al saber que su hermano César abrazaba la vida religiosa como redentorista, fue otro fruto de la siembra familiar. De allí, el trabajo tesonero y la prioridad que debemos dar a la pastoral familiar, más allá de convencionalismos, y de familias truncadas por tantas circunstancias que nos obligan, no a condenar o desechar, sino al contrario, reivindicar el que “con franqueza los condicionamientos culturales, sociales, políticos y económicos, impiden una auténtica vida familiar”; por ello, sin desvincularnos de los problemas reales de las personas, debemos “proponer valores, respondiendo a las expectativas más profundas de la persona humana: su dignidad y la realización plena en la reciprocidad” (Amoris Laetitia, 202 y 201). La Hermana Agustina refirió siempre sus virtudes cristianas, los oficios aprendidos junto a sus padres, la preocupación como hermana mayor de sus numerosos hermanos, la cercanía a la parroquia, a lo aprendido en el hogar.

Su espiritualidad se nutrió de la rica religiosidad popular, propia de nuestra gente sencilla. Santa María, San José y la lectura orante de la Biblia, formaron parte de sus devociones primeras y la acompañaron toda su vida.

¿Cuáles fueron esas virtudes aprendidas al calor de sus seres queridos?

La sencillez, la humildad, el sentido del trabajo, la servicialidad, todo ello amasado con actitud amorosa y desprendimiento. “Confesar a un Padre que ama infinitamente a cada ser humano implica descubrir que con ello le confiere una dignidad infinita, porque cada persona humana ha sido elevada al corazón mismo de Dios” (Evangelii Gaudium 178).

El amor a los pobres, con actitud samaritana, fue otra de las virtudes aprendidas en el hogar, por el testimonio y ejemplo de sus mayores. Desde niña, la opción preferencial por los pobres estuvo en el horizonte de su vida espiritual y de su servicio misericordioso.

ORACIÓN

“Señor, que ves, que puedes, haz de tu miserable, lo que tú quieras, soy tuya, quema mis pecados, mis fallas y miserias; levanta mi alma de mis caídas y recibe mis dolores y sacrificios y lágrimas por mis sacerdotes de Cuba, de mi Patria, por los míos en particular. Soy cobarde, Señor, enséñame a sonreír en el dolor, esconder y disimular mis angustias, que sepa yo sorber las lágrimas”.

“Tú lo sabes y ves la intención mía. Soy capaz de tantas calamidades, sostenme, Padre mío de la mano; de todo estoy tan decepcionada de mi trabajo, mis fracasos, la falta de organización, solo tú lo puedes arreglar”. Señor, hoy pasé junto a ti bajo la sombra del Amor y Misericordia, has aliviado mis heridas hondas. Comprendo que pides más santidad a mi pobre alma. Quien, sino Vos puede realizar este ideal en mí, mísera y ruin criatura”.

Beata María Agustina, ruega e intercede por tu pueblo. Viva Jesús y María. Amén.